- Señorita, necesito el número del hombre del pelo gris, haga el favor.
- Enseguida, Sr. No cuelgue.
Al cabo de un instante:
- Hola! ¿Sigue Ud. ahí?
- Sí, señorita, ¿lo consiguió?
- Perfectamente, ¿tiene con qué anotar?
- Adelante, diga.
- Nueve, tres, dos, cero, tres, dos, cero, seis, tres.
- Lo tengo, muchas gracias.
- A Ud. por llamar. Buenas noches… digo… que pase Ud. un buen día, Sr.
Aunque no siempre esté tan fantástico, sería maravilloso saber que a cualquier hora de la noche se puede llamar a Lee, el tipo del pelo canoso, y que no te la va a jugar te dirá lo que quieres oír. Puede que tu mujer te la pegue, es seguro que Salinger va a tratar de llevarte por sus pistas falsas, pero tener a alguien que descuelgue el teléfono y, cuando sea necesario, trate de ayudarle a uno a volver a la razón –que no deja de ser otro engaño más, éste el que nos hacemos a nosotros mismos–, éso, compañeros, es vital.
Una vez tuve un amigo que oyó decir que todos somos mamíferos, putos mamíferos. Quizá llevase algo de razón.
Sigue De Daumier-Smith’s blue period.
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