No deseo alargarme mucho sobre las circunstancias del accidente
No deseo alargarme mucho sobre las circunstancias del accidente que transformó mi vida. Fue durante la noche; yo estaba profundamente dormida debido a una gran cantidad de somníferos. Al despertarme, algo comatosa, cogí un cigarrillo para deslizarlo, con un gesto automático, entre mis labios. Era imposible. Se caía. No había nada que lo sostuviese. Sin entender nada me dirigí al espejo del baño. Y lo que vi reflejado era irreal: mi cara sanguinolenta no era más que un gran agujero. La nariz, los labios, la barbilla, la mayor parte de mis mejillas habían desaparecido. Me dije: es absurdo, imposible, no me acuerdo de nada, no puedo ser yo. La perra me miraba y lamía la sangre del suelo. Yo estaba hecha polvo, como ausente. Todo aquello no tenía ningún sentido, no era real. Cogí el teléfono para llamar a mi hija mayor. En cinco minutos había llegado, con mi madre y mi hija pequeña. Y en ese momento… fue una auténtica catástrofe. La pequeña gritaba. Comprendí que no estaba soñando, que era real: ya no tenía cara. Digamos que mi perra Tania -un labrador cruzado con beauceron que nunca había mordido- me arrancó la cara.
Isabelle Dinoire, la primera mujer que recibió un trasplante de rostro, relata su experiencia en EL PAIS del domingo.
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