Sobre la autobiografía
Desearía dejar hablar al niño, retroceder sin llegar a interferir, pero en vez de eso lo exploto, le robo, le vació los bolsillos, sus notas, sus dibujos, para mostrar a los adultos qué promesas cumplió y cómo incluso sus defectos fueron virtudes en estado embrionario. Convertí mi robo en una atractiva señal de tráfico, casi en una autopista. Y por ello escribí otro libro, como si no hubiera sabido desde el principio, como si no hubiera sospechado que difícilmente hubiera podido ser de otra manera; que todos los intentos de componer los recuerdos según un estricto protocolo y sin comentarios son una mera ilusión. Comenté, interpreté, hablé demasiado. Y hablé de secretos y de juguetes que no eran mios -pues ya no tenía secretos ni juguetes-, y cavé una tumba para ese jovencito… y lo enterré. Una tumba meticulosa, precisa, como si hubiera escrito sobre alguien inventado, alguien que nunca vivió, cuya voluntad y designios podrían labrarse según las reglas de la estética. No jugué limpio. A un niño no se le trata así.
El Castillo alto, Stanislaw Lem
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