Noches de verano en el sur
Pasa la medianoche en Boedo. Espero el 160 a la sombra innecesaria de un plátano, oscurita la cuadra. Somos cuatro en la parada -uno espera solo en un escalón, los otros dos hablan de un recital al que no van a llegar-, no hay ningún móvil, ninguno juega con celuláricos botoncitos; Buenos Aires es todo un gran mensaje, no hace falta más. Enfrente un afiche invita: “Anotálos. No te cuesta nada”: hay una campaña para que la gente le haga el Documento Nacional de Identidad a sus hijos con la promesa de así abrirles las puertas a la seguridad social, becas, asistencia sanitaria. Había que pagar y la gente dejó de hacerle el DNI a los gurises (entiéndase o no), por eso ahora “no cuesta nada” (el primero te lo regalan, digamos). Pasa una media hora hasta que a lo lejos surge el demonio rojo, bamboleándose y rugiendo. Frena a nuestros pies y, como tantas otras cosas en esta ciudad, increíblemente permanece intacto. En Barcelona al Nit Bus se suben dos o tres trabajadores nocturnos y algún trasnochado a menudo inmigrante. Buenos Aires, en cambio, “no duerme”, los colectivos siguen pasando más lentamente. Los veinteañeros tampoco duermen, ni tienen autos, salen en colectivos-demonios rojos, verdes o amarillos. El bus está lleno, unos casi encima de otros, amontonados, borrachos, volados o ascéticamente contentos, maquillados, con aros, pelos en punta, zapatos de tacón o zapatillas con improvisados sistemas de ventilación (foradats només). Por Córdoba baja un tercio de la gente y escuchamos cumbias por un ratito; en Plaza Italia baja otro tanto, pero acá todo suena a máquina, mucha mucha marcha. Los primeros eran más morenitos y usaban más color, las chicas de la segunda parada son flaquitas y rubias. Un bebé en cochecito dentro de un autobús podría ser una imagen corriente… lo es, en otras partes. Acá no; más de treinta centímetros separan al primer escalón del suelo y después quedan otros dos, la puerta es angosta, y al final de cuentas tampoco habría espacio adentro para meter changuitos. La mujer viaja con la nena en brazos. Cuando le llega el turno de bajar, el baile bamboleante y frenético del demonio rojo y las manos ocupadas en el bebé la obligan a buscar una estrategia, viveza criolla al fin y al cabo, me mira, sonríe, yo me agarro fuerte y ella amortigua el frenazo apoyando el bebe contra mi cuerpo. “Lo importante es eso, lo demás es lo de menos”, le dice un chico alto a otro bajito, antes de bajar el bondi, justito en Parque Las Heras, y hundirse en la noche porteña.
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Comment by marc
# Thursday 19/Oct/06,
Què maco!
Per cert, que a l’Argentina la zona de entrerríos només podia tenir un nom tan grandiloquent com mesopotamia, hehe!