La democracia es un régimen político complejo, imperfecto y muy maleable, que requiere de un compromiso permanente y activo de la ciudadanía para su supervivencia, porque, a diferencia de lo que se pueda pensar, como mínimo en nuestro país, no tiene raíces profundas y, por tanto, no es irreversible. En democracia, tan importantes son el fondo como las formas y, en consecuencia, no solo se trata de vivir bajo un modelo político con unas características determinadas, sino transmitir y defender los valores que lo sustentan. Y esto último es más importante, si cabe, en los momentos en que parece -o algunos insisten en hacer creer- que los cimientos del sistema político que nos rige van a desfallecer.
Es pertinente recordar estas pequeñas cosas, en un momento en que parece que algunos de nuestros líderes políticos, aquellos que deberían ser más escrupulosos con el fondo y las formas, han olvidado algunos principios básicos de la cosa pública. Porque el sistema democrático se sustenta en unos mínimos comunes, un escenario y unas reglas de juego compartidas y aceptadas por todos, a las que hay que suscribirse y a las que hay que circunscribirse en las disputas ideológicas. Y estos mínimos comunes no pueden ser objeto de discusión a no ser que se quiera cambiar el régimen político.
De todo esto se deriva, que en la legítima disputa electoral, no todo es susceptible de ser criticado. Porque la disputa electoral no puede pasar por encima de las reglas del sistema, porque el fin no justifica los medios, sino todo lo contrario… como afirmaba Mahatma Gandhi: “el fin está en los medios”.
En los últimos tiempos, el Partido Popular, parece haber olvidado estos principios básicos, y se ha enfrascado en una alocada carrera electoralista, en la que cualquier cosa es percibida como un vehículo para recuperar La Moncloa lo antes posible. Todo puede ser dicho, todo puede ser criticado, todo puede ser manipulado… aún a riesgo que se rompa. La cuestión es hacer ruido, mezclar las cosas, distorsionar, enrarecer el ambiente… como decía Josep Ramoneda, es la estrategia de la tensión, a más tensión más beneficio para la derecha.
Y el riesgo es evidente. Aunque, seguramente, los líderes del Partido Popular crean que podrán frenar siempre que quieran esta escalada de la tensión, que podrán manejar la opinión pública a su antojo, que podrán enfriar los ánimos que han contribuido a encender cuando les plazca, la historia de éste país, y de su entorno inmediato, demuestra que siempre existe un punto de no retorno, que nadie sabe donde se encuentra, a partir del cual reconducir las dinámicas emprendidas resulta dramáticamente difícil. Tal vez los dirigentes populares tengan razón en confiar en sus críticos mediáticos, en su propia habilidad oratoria, en su capacidad de resituar las prioridades de los ciudadanos acomodándolas a las suyas… o tal vez sean unos ingenuos, o unos irresponsables, o tal vez su contacto con la realidad se limite al contacto con los miembros de su propio partido, o tal vez les importe un pimiento…

Forges, a El País, 12/11/2005
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