Defensa zonal
CABE DELIMITAR también zonas reservadas a los clientes compulsivos de perfumería
QUIM MONZÓ - 25/06/2004
Hace tres semanas escribí sobre las declaraciones de Marina Geli, consellera de Salut, en las que anunciaba que los restaurantes de Catalunya tendrán finalmente zonas de fumadores y de no fumadores, y de lo difícil que va a ser que eso se convierta en realidad y no en un cachondeo.
Al cabo de dos días me llegó un e-mail de un lector que explicaba que no tenemos por qué limitarnos a esa única división, por apremiante que sea. En ese sentido sugería la posibilidad de delimitar también en los restaurantes zonas reservadas a esos hombres y esas mujeres que son clientes compulsivos de la industria de la perfumería. Es esa una vieja reivindicación que a menudo se desestima por pereza de estructurar la plataforma reivindicativa necesaria. Todos hemos vivido ese instante fatídico en el que –a punto de engullir, por ejemplo, un salmón marinado al eneldo– sientan en una mesa cercana a un señor que parece haberse duchado con L’Eau d’Issey Pour Homme, o a una señora que viene envuelta en una atmósfera de Hot Couture de Givenchy. En ese mismo instante se acabó el salmón, se acabó el marinado, se acabó el eneldo, y podría uno levantar el dedo y pedir la cuenta al camarero, porque con esa contaminación olfativa ya no va a haber forma de comer, ni eso ni nada más.
Y digo yo que la solución sería que los restaurantes que de verdad cuidan a su clientela creasen, en cada una de las dos zonas anunciadas por la consellera Geli (fumadores y no fumadores) dos subzonas (perfumados y no perfumados), de forma que, al llegar los clientes al restaurante, el camarero les formularía la pregunta protocolaria –“¿Fumadores o no fumadores?”– tras la cual, un catador de aromas decidiría, tras un breve husmeo, en cuál de las dos subzonas (perfumados o no perfumados) debería sentarse cada uno. Con lo que tendríamos cuatro zonas en cada restaurante: fumadores perfumados, fumadores no perfumados, no fumadores perfumados y no fumadores no perfumados.
Pero hay otros factores que tener en cuenta. En los restaurantes irrumpen a veces grupos familiares con niños que no harían que el resto de los comensales invocasen a Herodes si sus progenitores no fuesen lo que se ha convenido en denominar padres tránsfugas: esos que ponen a sus críos en el mundo para que los eduquen los demás. Se descubren en seguida porque, al cabo de nada de llegar, en el comedor se organiza un festival de chillidos, carreras, tirones de manteles, paneras por el suelo… Todo, sin que los padres tránsfugas se inmuten lo más mínimo. O sea, que cada una de las cuatro zonas antes mencionadas debería subdividirse a su vez en dos, con lo que ya tendríamos ocho: fumadores perfumados con niños, fumadores perfumados sin niños, fumadores no perfumados con niños, fumadores no perfumados sin niños, no fumadores perfumados con niños, no fumadores perfumados sin niños, no fumadores no perfumados con niños y no fumadores no perfumados sin niños.
Como se ha dicho, motivos para la multiplicación de las zonas de los restaurantes hay muchos más y, ya puestos, no veo por qué deberíamos pararnos en este punto. De modo que –subdividiendo cada una de esas subzonas, y subdividiendo a su vez cada una de las subzonas resultantes– llegaremos a una solución difícil de superar: el cubículo individual, que según dicen se da desde hace tiempo en ciertos restaurantes de Japón y que, por fin, nos ha de permitir cenar felizmente solos con nosotros mismos.
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